Creía, que el otoño, mi estación favorita, se limitaría a hacer acto de presencia tan sólo por un instante, para inmediatamente, ceder los honores al invierno más crudo.
Y me temía... Un verano perpetuo, que no concediera a las hojas el tiempo suficiente para mudar de tonalidad, creando esos paisajes únicos sin los que un buen amante del otoño no puede, simplemente respirar, el resto del año...
Nací un otoño frío de madrugada, y mi madre, siempre me ha contado que temblaba como una hoja, hasta que las enfermeras consiguieron que el calor infalible que proporciona el rebujarse en una buena manta y en unos brazos queridos, me permitiera abrir los ojos al mundo, sin que jamás olvidara que mi primer acto reflejo no fue una lagrima...




















































